‘Verano del 85’. En cines el 9 de octubre

Crítica por Rafa Catalán

en Cine

De la mano de Golem, nos llega la última cinta de François Ozon, Verano del 85. Este autor francés ya ha demostrado con creces ser un cineasta valiente en mostrar la fascinación del mundo desde la mirada de la juventud y, aunque sin acabar de rematar su obra perfecta, en este caso sale nuevamente airoso. Alexis y Benjamin son dos jóvenes (twinks, para ser exactos) que se conocen en la costa de Normandía en una vicisitud en la que uno salva la vida de otro, más tarde intiman, se enamoran y, curiosamente, surge la promesa con la que, si Alexis muere, Benjamin deberá bailar sobre su tumba. A partir de aquí, asistimos al verano con primer amor juvenil, digno de aquellas Pauline en la playa de Rohmer o Call me by your name de Guadagnino. Huelga decir que, ante semejante presentación, y como en la mayoría de las obras del género, la cosa no acaba como para comer perdices (véase Brokeback Mountain, La ley del deseo o Carol), pero lo importante es el tratamiento que hace Ozon con todo ello.

Desde un inicio, Benjamin dice estar obsesionado por la muerte, pero en su iniciación acaba encontrando la pasión. Ozon de nuevo enmarca a sus personajes entre la fatalidad y el deseo, el eros y el tánatos, incluso parece entrar en aquella anticipación de la muerte que George Bataille llamó la petite mort, pero sin llegar a profundizar excesivamente. Tal y como hizo en su notable En la casa (2012), enmarca a sus personajes en el ámbito familiar para luego ir despojándolos poco a poco de lo que los inmoviliza y poder así crear un arco dramático coherente. El atractivo de Ozon está en esos toques de sugerente erotismo con los que inicia el relato, como el momento en que Benjamin entra en casa de su amigo Alexis y acaba encontrándose desnudo en el baño ante la madre de este, que acaba de conocer. Todo y no seguir con este tono de seducción, el director consigue moldear esa atracción hacia los senderos del thriller, por muy teen que este acabe siendo.

Casi como una pauta ya en el autor, hay alguien que acaba de una forma u otra transfigurado, o bien en otro personaje, o bien en otro sexo, u otro género, como una especie de alteridad que lo confronta con esa realidad que no quería aceptar. También hay ecos de La rama dorada, de Frazer, donde todo sucesor acaba asumiendo su papel y se hace con la figura de aquél que le adoctrinó. Es como si Ozon quisiera abarcar demasiados temas cuando, en el fondo, lo que parece querer mostrarnos no es más que la disertación de un recuerdo con la que Benjamin tratará de dar sentido a su vida. Aun así, muestra seguir con su buen pulso de gran cronista de las emancipaciones sexuales, no al nivel de la citada En la casa o su también notable Joven y bonita (2013), pero simplemente correcto en su propio patrón de la inicialización sexual.

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